EL ARTE RUPESTRE, ¿ES ARTE?

Francisco Mendiola Galván*

En la ciencia, para negar o afirmar, es necesario argumentar. No obstante, es común, por parte de la arqueología occidental, negar sin mayor argumento la relación entre el arte rupestre[1], el arte y la estética, situación de suyo paradójica en tanto el nombre que posee esta evidencia cultural[2]. ¿A qué se debe su designación? Desde finales del siglo XIX, el término se asoció con las bellas artes, esto a raíz del descubrimiento en 1879, de las pinturas del Paleolítico superior de la cueva de Altamira en España. Pero la polémica que se ha originado por el cuestionamiento de que si lo rupestre es o no arte, no ha hecho más que producir desatinos en el marco de conversaciones improvisadas de pasillo, tomando café y cerveza, y aún en reuniones serias con especialistas en el tema.

¿Es arte, el arte rupestre?

El origen de esta polémica, se relaciona con los primeros acercamientos al Paleolítico superior (cuya antigüedad es mayor a los 35,000 años en el espacio que ahora ocupa Europa occidental); ambos (tiempo y espacio), son considerados por muchos prehistoriadores, como los testigos del comienzo del arte. Sin embargo, el problema no es tan sencillo y posee tres aspectos muy importantes a considerar: .-Concebir el arte como un fenómeno universal proyectado hacia contextos no occidentales. David Lewis-Williams[3] señala que esto implica entender las imágenes del Paleolítico superior en el marco del arte occidental, con lo cual sobreviene una confusión interpretativa en relación con el material cultural rupestre de ese periodo; .-Vincular al arte rupestre con lo que es artístico y con lo que no lo es para tiempos tan remotos como los del periodo citado, es subjetivo e inoperante, de ahí que sea muy amplio el margen para desdeñarlo por parte de la gran mayoría de los estudiosos de fines de la pasada centuria y de principios de la presente. Para no ir tan lejos en esta discusión, se apela a lo que Umberto Eco[4] ha dicho sobre la necesidad de utilizar las obras de arte para documentar la historia de la belleza dentro de la cultura occidental, ya que para ella deben existir relaciones con textos teóricos que precisamente traten sobre lo bello; y .-Dejar de pensar en el sentido original de que lo rupestre es arte -ya sea del Paleolítico superior o de cualquier otro momento y espacio-, y comprenderlo, para nuestro  tiempo, en el ámbito de lo artístico en relación con lo estético. Eso está vinculado con la capacidad de experimentar sensiblemente la realidad; en otras palabras, el arte rupestre no es nada más arte, aún considerando el carácter de excepción y singularidad y que se le adjudica a la “obra de arte”[5] dentro de la cultura occidental contemporánea, lo que significa que existe la imposibilidad de saber si en el acto creativo, generar belleza fue la finalidad de la obra, pero sin que esto invalide la experiencia estética al estar frente a una pintura rupestre o de que, incluso, ésta sea arte en nuestro presente.[6]

El arte por el arte

David Lewis-Williams afirma que no existe el arte sino los artistas (realizadores de imágenes); entonces, la pregunta central de este autor gira en torno al origen de ellos y no del arte,  dado que este es un concepto amorfo y cambiante, imposible de definir además de que llegó después de los artistas. Concebir al material rupestre desde la dimensión del art pour l’ art  (arte por el arte), es un reflejo del mundo occidental decimonónico, en el que se pensó que el arte del Paleolítico superior era sencillamente decorativo, casi como el resultado del ocio o de que las imágenes se hayan producido exclusivamente por placer, incluso por diversión y adorno. Así también, priva la idea de que la perfección del arte, derivada del acto creativo, lo hace susceptible de ser ubicado en el ámbito del culto a la belleza; pensamiento que proviene de un pasado románticamente concebido. En el siglo XIX, señala Arturo Chavolla, el arte para el romanticismo es una revelación y no un conocimiento, ya que se le otorgaba más importancia a la imaginación que a la experiencia; es el origen de la utopía estética sobre la racionalidad de la ciencia y la filosofía, aunque también, es el momento del encuentro con las artes de los pueblos del mundo, de los viajes y de los conocimientos de otras culturas, sentido unificador que da entrada a la universalidad de la estética.[7] El arte rupestre, siguió concibiéndose románticamente hasta los finales del siglo XX, al interior de esa dimensión de “el arte por el arte”. A partir de la década de los años 80 del siglo pasado, la mayor parte de la arqueología que se practica en Occidente, está en contra de esa misma perspectiva, pero su crítica aún carece de argumentos que sustenten la negativa de la relación arte rupestre, arte y estética.

El arte rupestre y la estética en el presente

El arte rupestre, considerado como algo que en lo general se manufacturó en la antigüedad o en el pasado inmediato, diluye la idea de que pudo concebirse, usarse y conservarse como arte o como lo que posiblemente funcionó estéticamente; sin embargo, lo que ahora concebimos, vemos, usamos, disfrutamos, estudiamos y conservamos como material rupestre, funciona estéticamente. Adolfo Sánchez Vázquez, pregunta: “¿cómo han podido producirse sin finalidad estética objetos, que, sin embargo, funcionan estéticamente?” Algunos productos del trabajo humano, como la pintura rupestre de Altamira o la escultura azteca, no se hicieron para que funcionaran estéticamente, pero hoy funcionan de esa manera y esto es, porque la atención del espectador implica una relación estética que llega a su forma sensible, aunque desligada de su función original (calendárica, de conteo, iniciación y propiciamiento de caza, fertilidad y lluvia entre otras). Entonces, lo que se considera estético, se proyecta y afirma en los “tiempos modernos” como conciencia estética.[8] Por lo tanto, el contacto con el arte el rupestre es una experiencia estética, cuyos efectos emotivos se generan en marcos culturales determinados.[9]

Al final

El arte rupestre es arte; no en el sentido de “el arte por el arte”, sino en el marco de la experiencia estética presente: conciencia del conjunto de efectos emotivos que conforma una dimensión intensa, cálida y profundamente humana, que se reproduce sensiblemente en el momento mismo de entrar en contacto con él y con su atmósfera vital de cultura graficada; espejo fiel en el que se reflejan las sociedades al ritmo del ciclo eterno que marca el universo.


*Francisco Mendiola Galván es arqueólogo del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Vio por primera vez, a los seis años de edad, unos bisontes pintados en la Cueva de Altamira, España. A partir de esa experiencia, observa y analiza a la humanidad a través del firmamento de piedra, lo que le ha permitido concluir que ésta fue concebida en la matriz rocosa de la Madre Tierra.

[1] V. Algarabía 31, febrero 2007, ICONOS Y GRAFÍAS: “Pinturas rupestres”, pp. 86-89. 

[2] El término de arte rupestre, es universalmente aceptado y utilizado; comprende dibujos pintados y grabados sobre la superficie de las rocas, de ahí que rupes signifique piedra. También hay figuras de grandes dimensiones elaboradas con piedras sobre el suelo y que se conocen con el nombre de geoglifos, como los que se observan a gran altura en Nazca, Perú.

[3] La Mente en la Caverna. La conciencia y los orígenes del arte, Akal, Arqueología 5, Madrid, 2005, pp. 43-44.

[4] Historia de la Belleza, Lumen, Barcelona, 2006, p. 12.

[5] Es la particularidad históricamente determinada que forma parte de algo mayor y complejo como es el fenómeno estético (Leila Delgado, “Los componentes estéticos de la práctica social. Notas para el estudio del arte prehispánico”, Boletín de Antropología Americana, núm. 18, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México, 1988, p. 42).

[6] En principio, la relación arte-estética es innegable desde el enfoque kantiano de la producción de belleza y placer. Ahora, es la perspectiva de la estética que se vincula con la producción de efectos emotivos en nuestro presente. Katia Mandoky, ha desarrollado estas relaciones en su artículo: “El poder de la estética”, Arte y Coerción, Primer Coloquio del Comité de Historia del Arte, UNAM, México, 1992, pp. 243-251.

[7] Arturo Chavolla, “La estética ¿creación o conocimiento?”, en Arte y Ciencia, XXIV Coloquio Internacional de Historia del Arte, UNAM, México, 2002, pp. 37-38.

[8] Adolfo Sánchez Vázquez, Invitación a la Estética, Tratados y Manuales, Grijalbo, México, 1992, pp.95-96.

[9] Los efectos emotivos son las impresiones personales, reacciones y actitudes que se derivan del contacto con el objeto o con la obra de arte (Umberto Eco, La Definición del Arte, lo que hoy llamamos arte ¿ha sido y será siempre arte? Roca, México, 1991, p. 51).

EL ARTE RUPESTRE, ¿ES ARTE?

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