LAS SOCIEDADES RANCHERAS EN CHIHUAHUA

Por: Esperanza Penagos B.[1]

Las sociedades rancheras, nacidas al amparo de los gobiernos coloniales,  fueron  producto de  la ocupación  espontánea de áreas  del territorio nacional  por población española o  de  origen mestizo. Este  poblamiento  fue  fomentado por los diversos gobiernos coloniales y tuvo el objetivo de establecer población hispánica o mestiza en zonas apartadas,  de escasa densidad demográfica y poco atractivas para los intereses dominantes de la época colonial  y del naciente México independiente. Así entonces, las sociedades rancheras  fueron entendidas como avanzadas de  la colonización hispánica en regiones apartadas y se constituyeron en “puntos medulares  de una civilización ladina, española y católica establecida en los confines de las haciendas, las misiones, encomiendas, presidios, minas y plantaciones” (Barragán 1997).   Dichas poblaciones se instalaron –como señala Esteban Barragán,   “en las franjas pioneras de “un territorio en construcción”, donde tuvieron que arreglárselas para vivir y construir paulatinamente su derecho de posesión de la tierra”. (Barragán 1997:38)    Esa  ubicación territorial periférica se transformaría posteriormente a nivel nacional en el curso del siglo XIX,  dado que muchas de las sociedades rancheras vieron la oportunidad de afianzarse al amparo de la venta de  las antiguas haciendas y de los bienes expropiados a las corporaciones civiles y religiosas. En este contexto muchos de los rancheros con posesión precaria de la tierra  pudieron adquirir terreno o ampliar lo que ya tenían bajo el amparo de la legislación liberal del siglo XIX,  interesada en mejorar el estado de las arcas públicas.  

 

Los estudiosos han intentado caracterizar  a estas sociedades con base en cinco grandes rasgos:   aislamiento poblacional (dispersión poblacional), un acendrado individualismo y  autonomía.,  por la configuración de su dinámica territorial y laboral propia basada  en el cultivo del maíz y la  producción de ganado mayor y  por  el intercambio comercial de los productos derivados de esta relación laboral.  Esteban Barragán estudioso de este tipo de sociedades,  ha señalado como uno de sus pilares formativos  más subrayados   su organización productiva,   basada  en el cultivo de maíz para la cría de ganado mayor y su  relación laboral derivada,  fincada en “el trabajo al partido”,  por ende en  la relación patrón- mediero-arrendatario.

 

En el noroeste de Chihuahua  esta relación patrón-arrendatario-mediero es añeja  y se afianzó desde la época colonial en fechas posteriores a las reformas borbónicas que coadyuvaron  en la constitución de formas  embrionarias  de propiedad privada junto al uso   comunal  de la tierra.  En ese sentido otra estudiosa de las sociedades rancheras del noroeste de Chihuahua  Jane Dale Loyd (2001),   ha manifestado cómo la mediería  se institucionalizó muy tempranamente en la región,  como una forma de auxilio y colaboración hacia los parientes  menos afortunados.  Así pues, el “trabajo al partido” en sus diversas modalidades,  a medias, a la cuarta,  etc.  ha existido en la agricultura chihuahuense desde tiempos inmemoriales no sólo para el trabajo agrícola, sino para la reproducción de  ganado mayor y menor,  o  en la cosecha de maíz, papa   u otros productos. 

 

Por otra parte, las peculiaridades que señalará  Esteban Barragán  como  rasgos incontrastables de las sociedades  rancheras,  debemos de “relativizarlas” en el caso  de las sociedades  del noroeste chihuahuense, dado que el  persistente “problema apache” por lo menos durante todo el siglo XIX,  impidió que la marginalidad, la ausencia de comunidad  y el aislamiento poblacional  existieran como señales características de este tipo de sociedad.   Por  el contrario,  en la región norte y noroeste del Estado,  las necesidades apremiantes de autodefensa frente a las numerosas incursiones apaches provocaron  la ruptura de esos rasgos de aislamiento e impusieron la obligación de la comunicación  y  organización de los rancheros como sus propios defensores: ellos  tuvieron que asumir necesariamente el  peso de la guerra y la seguridad de sus pueblos,  familias y propiedades.  Son numerosos los ejemplos de formas de cooperación y la formación de milicias entre los labradores y dueños de los ranchos y comunidades  que cabalgaban juntos en las praderas desde Casas  Grandes, Temósachic, la Babicora, Namiquipa, Galeana,  hasta regiones del centro del Estado.  Cabe señalar incluso,  que algunas de estas sociedades no  sólo no desaparecieron bajo la amenaza apache,  sino que se consolidaron bajo el gobierno de Benito Juárez, que  a cambio de la prestación de servicios militares en contra de la  apachería,  pagó con tierras y con excepciones fiscales a gente sin tierra o con posesión precaria de la misma. 

 

Estas experiencias fueron sin duda muy importantes en la configuración cultural de las sociedades rancheras del noroeste  chihuahuense, y muy probablemente el  agudo sentido  de propiedad de la tierra que persiste en nuestros días,  proceda  fragmentariamente  de  ahí.    

 

Por otra parte, estas sociedades rancheras fueron observadas en el “imaginario” del discurso político postrevolucionario nacional,  como el modelo de productor  agropecuario a seguir: una especie de pequeño y mediano propietario autónomo, con iniciativa en el manejo productivo de sus recursos, formada con agricultores mecanizados y abiertos a la tecnología cuando se trataba de producción cerealera pero no para la actividad  ganadera. Este modelo de productor agropecuario, hoy también ha sido golpeado  por  la adopción de las políticas de ajuste en la agricultura mexicana.  Salvo excepciones, tratándose de luchas de carácter episódico o de participación minoritaria en organizaciones campesinas y de productores rurales, la respuesta de estos rancheros ha sido débil,  culturalmente individualista,  con escaso o nulo compromiso comunitario, y con una frágil y dividida capacidad  organizativa por parte de sus asociaciones ganaderas. Así encontramos hoy a estas sociedades rancheras en el noroeste de Chihuahua, con poca organización, sin respuesta colectiva y con liderazgos desgastados. 


*Artículo publicado el 19 febrero 2011, en suplemento “La Jornada del Campo” No.41 del Diario la Jornada.

[1] Antropóloga del INAH, delegación Chihuahua.

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